Lucho Bermúdez fue consciente de su lugar en el mundo. Se sabía par de
Rafael de Paz, de Dámaso Pérez Prado, de Ernesto Lecuona. Y por eso
podía decir quién guardaba deudas con su arte. "Quiero que usted sepa
que (Eduardo) Armani nunca me dio nada", le dijo un vehemente Luis
Eduardo Bermúdez a su biógrafo, José Portaccio Fontalvo, en referencia
al director de orquesta argentino que también hizo del porro y la cumbia
su carta de presentación, según cuenta en su exhaustiva investigación,
Carmen de Bolívar.
"Yo sí le di a él todo lo que necesitó cuando yo estuve en Buenos
Aires", remataba. Y, de esa manera, el músico explicaba quién era hijo
de quién.
Difícilmente se encuentra uno con una foto de Lucho Bermúdez que no lo
presente con elegante corbatín y gruesos anteojos. Más allá de una
iconografía visual, en ambos elementos podrían estar reflejados los
intereses por los que propendió el músico bolivarense: la inquietud por
llevar hasta los grandes y finos salones de baile del interior de
Colombia una música normalmente vista con respingo en esas mismas
ciudades.Y, por otra parte, más allá de compartir instrumento, siempre
estaba bien que otro rasgo externo, en este caso las notorias gafas, lo
hermanara con una de sus mayores influencias en vida, el clarinetista de
jazz Benny Goodman, de quien se consideraba émulo y alumno en la
distancia.
Hacia 1965, en Buenos Aires y con el apoyo de músicos argentinos, Lucho
Bermúdez compuso y grabó un tema llamado Maqueteando, catalogado por el
mismo creador como 'gaita-jazz'.
Aunque pocas veces usó deliberadamente ese rótulo para referirse a una
creación suya, para nadie es un secreto la existencia de elementos
formales provenientes de la gran tradición norteamericana en su obra, no
solo reflejada en la presencia de improvisaciones y síncopas, sino en
el interés por preservar hasta los últimos instantes de su vida una
formación de estilo big band, una densidad orquestal difícilmente
manejable hoy, cuando la economía afecta directamente todo
emprendimiento estético.
Eran otros tiempos los que corrían cuando el Caribe colombiano estaba
inundado de bandas, pero musicales. Y Lucho Bermúdez, joven aprendiz de
vientos que compuso su primera canción a los 9 años, iba de pueblo en
pueblo, de voz en voz, siendo el aspirante más joven a llevar la batuta
de cualquiera de ellas. Empezó humildemente como impúber conductor de la
Banda del Batallón Córdoba en Santa Marta -como bien lo registra
Portaccio en Carmen de Bolívar, Lucho Bermúdez (1997)- hasta lograr
conformar la suya propia, la Orquesta del Caribe, en un estilo más
tropical que marcial, en 1939, a sus 27 años. Y como si se tratara de un
detonante para la inspiración, a la posibilidad de tener por fin
conjunto propio seguiría la inspiración infatigable. Y los éxitos.
Marbella, Borrachera y el mapalé Prende la vela fueron los primeros.
De esa última pieza, con letra de Ramón de Zubiría, vale la pena decir
que sorprende su condición deliberadamente desnuda y vernácula, un
dechado de percusión mil veces reinterpretado por folcloristas como los
Gaiteros de San Jacinto, la Cumbia Soledeña, Totó la Momposina, a pesar
de haber nacido con los ropajes de una moderna big band. Mención aparte
cobra su también recién nacido himno Carmen de Bolívar. Luego vendría lo
demás:sus diferentes orquestas y cantantes, las giras internacionales,
sus ritmos tumbasón y patacumbia, sus más de mil composiciones y la
inmortalidad.
Cumbia de frac
Bermúdez nació el 25 de enero, hace 100 años. Y como si se tratara de
una excepción a la muy colombiana regla, es uno de los pocos baluartes
que no solemos recordar únicamente cuando las fechas lo ameritan. Pocos
artistas tan recurridos en nuestras fiestas y jolgorios. Pocos nombres
como el suyo se nos vienen tan instantáneamente a la cabeza cuando
alguien pregunta quiénes somos, de qué país venimos.
En entrevista para la Radio Nacional, el periodista Andrés Salcedo, a
quien Lucho Bermúdez le grabó el paseo Tierra mía, en la década del 60,
recordó la importancia del director de orquesta como el hombre "que
vistió de frac a la música del Caribe".
Probablemente solo de esa manera, poniéndole al sonido de la cumbia y la
gaita las ropas elegantes que él mismo ostentaba frente a su orquesta,
podría haber logrado Bermúdez el milagro de que una fría Bogotá, una
pacífica Cali, una autorreferencial Medellín voltearan la mirada hacia
el sonido bailable, melodioso y frenético que flautas de millo, gaitas y
acordeones habían logrado crear, pero no exportar.
Ese mismo milagro se repetiría en la escena de Eugenio Nóbile y Eduardo
Armani ofreciéndole sus músicos para conformar una orquesta de porro,
cumbia y gaita en Buenos Aires. O en la de verse dirigiendo, en La
Habana, a los Lecuona Cuban Boys, por solicitud del mismísimo autor de
Siboney y mentor de la agrupación, Ernesto Lecuona.
O en la imagen de una joven cantante, de nombre Celia Cruz, esperando en
la entrada de un hotel al maestro y a su esposa, Matilde Díaz, a
quienes solía escuchar y admirar por obra y gracia de la radio de onda
corta.